Jóvenes y laicidad

¿Qué es la laicidad?

La laicidad es una actitud ante la vida y las relaciones sociales que se refiere, en iguales partes, a una serie de principios éticos y a un conjunto de reglas jurídicas relativas al funcionamiento del Estado y a los servicios públicos como la salud (en su sentido amplio), la educación, y el respeto de los seres humanos en su diaria convivencia, entre otros.

¿Cuáles son esos principios?

Estos principios son ciertos valores, como la libertad de pensamiento, de independencia de espíritu, el respeto hacia quienes son diferentes, y la tolerancia hacia los demás, en la medida en que estos principios sean recíprocos y susceptibles de abarcar toda instancia social.

La laicidad, ¿tiene que ver sólo con los individuos?

No. El Estado, como institución, puede tener un estatus laico, lo que significa su independencia con respecto a la influencia de intereses de alguna instancia particular, así como de las organizaciones religiosas.

¿Cómo se relaciona la laicidad con la vida y la sociedad?

La laicidad de la vida social pide para sí que todo lo que atañe a lo religioso debe mantenerse en el ámbito de la vida privada (y por tanto que sea individual y facultativo), pero también que todo lo que concierne a la vida pública, cívica y política esté alejado de las influencias religiosas y de las creencias comunitarias.

¿Qué es lo que busca la laicidad?

La laicidad busca limitar todo tipo de clericalismo o cualquier otra forma de religiosidad extrema que busque imponer su voluntad a la mayoría sin el mutuo acuerdo y aceptación de todos. En otras palabras, se trata de un esfuerzo contra los intentos de someter los asuntos públicos a la influencia de los clérigos o de partidos que sirvan a sus intereses particulares. Por eso la limitación en cuestiones de creencias se lleva en los ámbitos de la vida privada de cada ser humano, ideologías e intereses particulares.

Un laico, ¿es entonces una persona antirreligiosa?

No. El clericalismo es el rechazo a esta influencia de creencias religiosas y particulares, por lo que en torno a éste se ha conformado un movimiento de defensa y de emancipación llamado anticlericalismo. Por ello, se puede afirmar que si bien un creyente puede ser anticlerical, un laico es generalmente anticlerical, pero no necesariamente antirreligioso.

La laicidad, ¿es antirreligiosa?

No. Algunos promotores de la laicidad defienden un tipo de laicidad que algunos llaman “abierta”, “moderna”, o “plural”, en la cual no se cuestiona la separación de las religiones y del Estado, pero sí pregonan la enseñanza de las religiones en la escuela, como una manera de abrir el espacio de conocimientos de la población y fomentar la sensibilización de las diferentes creencias que existen en el entorno.

¿Hay leyes laicas?

Sí. Cada Estado, a su manera genera una serie de artículos normativos y jurídicos, que se ven reflejados en sus constituciones nacionales y/ o regionales, que tienen como objetivo resguardar y reglamentar los principios laicos de la libertad de conciencia, independencia y respeto a la diferencia.

¿Hay una sola laicidad o hay diversas formas de ésta?

No. No hay una sola laicidad, sino varias laicidades, dependiendo de la coyuntura y contexto históricos de cada entidad cultural y nacional. Para conocer más no dudes en consultar nuestra sección de Tratados internacionales, nacionales y regionales.

¿Qué caracteriza a las diversas leyes laicas?

Estas leyes generalmente están vinculadas con la separación del Estado y las religiones, completando de esta manera un conjunto de leyes llamadas, “leyes de laicización”, relacionadas con las cuestiones del estado civil, los hospitales, las escuelas, los entierros, los matrimonios, etc.

¿México tiene leyes laicas?

Sí. En México, estas leyes reciben el nombre de Leyes de Reforma, por haber sido expedidas por Melchor Ocampo en el siglo XIX, durante la presidencia de Benito Juárez, durante el periodo conocido como Guerra de Reforma.

Defender la laicidad, ¿significa oponerse a la religión?

No necesariamente. La laicidad puede generar, es cierto, disputas en torno a censuras violentas que se puedan realizar contra la expresión libre de ideas. Los casos de Salman Rushdie y Martin Scorcese son ejemplos de estas censuras, pues en los dos casos se vieron censurados por los gobiernos y autoridades religiosas en su ejercicio de libre expresión. Pero la laicidad, por sí misma, no se opone a las religiones ni es antirreligiosa.

¿La laicidad colabora con la pérdida de religiosidad?

No, pues algunos valores judeocristianos e incluso musulmanes permanecen en la ética laica pregonada por los Estados democráticos, como la solidaridad, los derechos del hombre y de la dignidad humana, lo que demuestra que ni la laicidad es por sí misma perniciosa, ni las religiones tienen valores dañinos por sí mismos.

¿Es la laicidad un concepto negativo asociado con la prohibición?

De ninguna manera. La laicidad tiene como objetivo preservar la igualdad de trato entre los ciudadanos, independientemente de sus creencias religiosas o ausencia de éstas, por lo que es necesario rechazar las perversiones clericales y fundamentalistas (por ejemplo los integrismos), así como ciertas tentativas políticas retrógradas (como la oposición al derecho al aborto, pretensiones de ser superiores de las leyes divinas sobre las leyes democráticas). El rechazo de la laicidad a este tipo de acciones busca preservar el interés general.

¿Tiene entonces la laicidad valores positivos frente al consumismo y a los extremismos?

Por supuesto. La laicidad permite la promoción de valores positivos, como el espíritu crítico, el apego la razón, a la lucidez de espíritu, la honestidad intelectual, así como el respeto a la diferencia en el marco de la ley, el rechazo al machismo, el sentido de la solidaridad, el apego al interés general y al bien común. El respeto de las diferencias va a la par con el respeto de los valores laicos sin los cuales ciertas “diferencias” no serían aceptables, como la condición femenina en algunas instituciones religiosas y tradiciones culturales.

¿Todos los Estados deben ser laicos y combatir las mismas causas?

No. No se puede obligar a todo Estado a adaptar los mismos principios laicos que otro Estado tenga, pero sí se puede buscar la manera de llevar a acabo los principios universales de respeto de la dignidad humana y la libertad de expresión y de pensamiento.

Si un laico defiende la separación de la religión del Estado, ¿no lo convierte eso en un ateo?

No. Porque la palabra ateo viene de las raíces griegas a = sin, y Theos = Dios. Aunque muchas personas definen ateo como "persona que niega la existencia de Dios", una definición más acertada sería "persona que considera que todos los dioses en los que la humanidad ha creído alguna vez son seres imaginarios sin correspondencia alguna en el mundo real". Por el contrario, la palabra “laico” viene del griego laos (pueblo); y el sufijo ikos (laikos) indica el hecho de pertenecer a un grupo, a una categoría.

¿Qué es entonces un agnóstico?

Un agnóstico es una persona que cree que la existencia de Dios no puede probarse pero no niega la posibilidad de que exista. El término agnóstico significa "Sin verdad revelada".

¿Es el ateísmo un tipo de religión?

No. El ateísmo no es otra fe, es una postura filosófica basada en la lógica y la razón, pues la fe es la aceptación de algo cuando no hay evidencias de ello o aún cuando las evidencias puedan parecer contrarias a la creencia.

¿El laicismo pretende ocupar el sitio de las religiones tradicionales?

No. El laicismo promueve valores seculares, es decir valores vinculados con la autoridad civil y no eclesiástica. No busca sustituir creencias ni imponer otras, sino separar los ámbitos de competencia de las creencias humanas, cualesquiera que éstas sean. El laicismo cree en la convivencia entre concepciones del mundo, sean éstas ultraterrenas, mundanas, o de cualquier otro tipo.

¿El laicismo cree entonces que las religiones son necesarias?

Se puede decir que sí. El laicismo es, ante todo, una conducta de tolerancia y respeto hacia los demás, y no busca jamás imponer conductas o creencias. Se le puede ver más bien como un árbitro que vigila el armonioso desarrollo de un juego, que como jugadores o luchadores que buscan avasallar a sus contrincantes.